Meglio tardi che mai


¿Existe un límite en las relaciones humanas? ¿Un baremo capaz de decirnos hasta donde el sufrimiento es lícito? Creo que un NO respondería a mi pregunta de manera bastante acertada. Siempre se siente la misma decepción que la primera vez y , sin lugar a duda, más dolor que la vez anterior.
Hacer las paces con el pasado, ajustar cuentas con el presente e incluso asegurar el futuro, no son tarea fácil. En mi caso podría decir que la rabia momentánea e incluso el silencio acumulado son los principales obstáculos que me frenan el paso.
Siempre pienso que podría dar más de mí, que tal vez las cosas no las he hecho tan bien como me digo a mi misma e incluso que con mis palabras y mis actos he podido herir de guerra a quien creía un bloque de hielo. Tal vez se me calientan las ideas demasiado pronto y no descarto que, lo que en realidad me cueste, sea expresar cuanto echo de menos a alguien.
Sin embargo, las palabras hieren de manera bidireccional, así como los actos y los pensamientos. Las personas que sorprendentemente más cercanas a nosotros considerábamos nos van a fallar y nosotros vamos a fallarles a ellas. Nos harán sentir dolor en partes del cuerpo que ni recordábamos que existían, y puede que lleguemos a pensar que la solución sea borrar el pasado y empezar desde el punto en el que se nos ha calado el coche. Resignarnos al ‘’sin ti’’. Creo que eso es a lo que llaman orgullo.
No creo que el pasado se pueda borrar, pues de alguna manera somos el producto de todas nuestra experiencias pero sobre todo de todas las personas que nos han acompañado. Tampoco podemos cambiar nuestras circunstancias, pues son las que son y las que nosotros mismos hemos propiciado.
Ha llegado ese momento en el que una disculpa nuestra o suya no puede arreglar las cosas que nos hemos encargado de destruir, pues la solución requiere más de un simple lo siento y, como se suele decir, lo siento no siempre es suficiente, tal vez porque se utiliza demasiado como arma y como excusa.
Los seres humanos somos así, podemos llegar a dejarnos guiar por la rabia y el resentimiento y ser mucho más crueles que la crueldad en si misma. El truco consiste en respirar profundamente y seguir caminando. Poner las cartas sobre la mesa y luchar hasta el final por recuperar y hacer que nos recuperen. Aceptar que tal vez debamos perdonar a los demás, empezando por perdonarnos a nosotros mismos. Recordar que no todo lo que nos cuentan es verdad, al menos no hasta que hemos dado un voto de confianza a quien sin duda merece explicarse.
Por suerte y alivio de todos, hay algo que creo aún sigue pudiendo más que el rencor, la rabia o el resentimiento. Algo que será lo último en lo que deje de creer y que, seguramente, será lo que me motive a aceptar que antes que mi orgullo y mis suposiciones está la felicidad, que difícilmente podrá ser completa sin ti.

B




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