Sincericidios

Se me escapan los últimos rayos del lunes. Doy un sorbo al café y me siento delante de mi cuaderno, ese en el que apunto todos los pensamientos brillantes que hacen carreras en mi cabeza. Bueno, a decir verdad, no siempre son tan brillantes.
La página en blanco me da la cara, desafiante. Esta tarde tengo la necesidad imperiosa de volver a pintarrajear sobre tu lienzo, pues de alguna manera se siente como si algo fuera a comerme de no hacerlo. Echo un vistazo a las últimas anotaciones. Pequeñas pinceladas incoherentes sobre la emoción que me produce observar el ir y venir en los aeropuertos. Aquel que llega tarde a su propia vida, aquella que se cansa de esperar. Y no sólo a los aviones.
Me distraigo unos segundos con el tintineo del bolígrafo. Salta la playlist del Spotify: Back to black, muy propia para este momento. Y al pasar algunas páginas, me encuentro de frente con ese mural de Tiffanie DeBartolo. Pasional, extraordinario, loco. Bonita visión del des/amor. No puedo estar más de acuerdo. Me alegra que esa y esta tarde seamos dos almas que divagan en la misma sintonía.
Y entonces, me replanteo seriamente mi capacidad para mantener una línea medianamente legible y no dispersarme en exceso. La idea de que al plasmar algo en el papel lo hacemos real deja de ser sólo una idea. Las primeras palabras se siguen de los tachones y garabatos que siempre hacen de adorno a esta sopa de letras en la que intento, con bastante dificultad, escribirte.
Poco a poco empiezo a dar forma a aquellas cosas que te diría si dejásemos de correr en direcciones opuestas. ¿Nos gusta hacer las cosas difíciles? Yo creo que si. Se que te resulta extravagante esta manera tan atropelladamente obvia que tengo de decir las cosas. Disculpa mis formas, pero soy de las que piensan que cuanto más loca e inoportuna es una idea, más verdadera. Y es que a estas alturas del partido, para qué quedarnos con dudas. Porque, a veces, lo que que este mundo necesita es menos sinceridad y más sincericidios.
Empezando con nuestra hecatombe particular y siguiendo en la línea del mural que nos ocupa, te diré que todo lo que me apasiona me hace reír. Ahí tienes la razón de las carcajadas que suelto al verte.
Stop. Comienza el trabalenguas. Que yo se que aunque no me entiendas, me entiendes.

                                        

Puedo imaginarme la expresión exacta que adoptará tu cara cuando me fume el protocolo y te abra la puerta de mi piso de arriba. Está bastante desordenado, lo sé. Hace demasiado tiempo que no recibíamos visita. A decir verdad, yo también me sorprendo de la facilidad con la que te dejaré entrar. Supongo que como diría Cortázar, estoy deseando que veas a través de mis ojos la manera en la que te miro yo. Te adelanto que esa visión la componen una mezcla de curiosidad y ternura. Eso si, todo a lo loco. Todo al rebujón, como a mí me gusta.

La habitación del fondo está llena de aquellas cosas que nunca te contaré. Comprenderás que a veces necesitaré un lugar al que poder recurrir cuando las cosas me frustren. Puede que si traspasas el umbral choques con ese humor de perros que se me pone cuando no consigo entender tus silencios. Porque si, mis palabras les han declarado la guerra. Con esto no pienses que mi objetivo es volverte loco, que lo es. Es más bien una manera poco ortodoxa de gritarte aquello que mis ojos callan cuando juegan al paintball con los tuyos.
Ese cajón que ves en el armario de los desastres es el de las dudas que te contaba antes. Las infinitas, las que queman. Puede que necesitemos algo más de una vida para disiparlas. Y nos seguirán mordiendo el culo durante mucho tiempo. Puede que hasta lleguemos a inundarnos, pero te prometo que nunca hasta el punto de ahogarnos en el otro.

Y tras un largo paseo entre viejos lodos y alguna que otra copa rota, vas a llegar a mi habitación favorita. En ese momento, haré mi siempre inoportuna aparición y te retaré. Te retaré a que cojamos el momento y lo exprimamos, que he oído por ahí que la felicidad no se acumula.
Lo cierto es que quiero ver todos tus colores. Los que resaltan en fondo negro, los vivos, pero también los que dan ese tinte triste a tu cuadro. Supongo que quiero conocer todas tus gamas. Y se me ocurre (nota mental) que tal vez podría darle mi toque personal a la armonía de tus líneas. Ordenártelas con un poco de mi caos.
Y que, entre tantas gamas de colores, tu encuentres mi norte (si es que alguna vez lo tuve) mientras to me pierdo por tu sur. Te aviso de antemano que el gris ha adquirido un protagonismo destacado en mi paleta.
Y ya puestos, que me hagas sonreír. Aún más si cabe.

Ya te dije que lo que hace sonreír siempre es bueno. Siempre.

B

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