Bulla, desorden, quilombo

Silencio. Me aterra el silencio y todo lo que está relacionado con él. El agua en calma. Las noches sin lluvia. Las tardes de domingo. La risa que necesita bajar los decibelios para estar en consonancia con el gris marengo que le rodea.

Puede que el atractivo de estar vivo resida en aquellas cosas que nos aterran. Aquello que nos genera sensación de inseguridad. Aquello que nos cambia los esquemas, si es que alguna vez los hubo.

Tras el huracán de los últimos meses, vuelvo a tener tiempo para rebuscar en el cajón desastre que reposa sobre mis hombros, donde sensaciones pasadas y conocidas se entremezclan en simbiosis imperfecta con algunas otras que me son ajenas. Removiendo. Mezclando. Ordenando mientras generan aún más quilombo. Me encanta cuanto pueden transmitir ocho letras. Quilombo suena bien. Mezcla de absoluto desastre y perfección. Desorden.

Siempre me ha resultado difícil ordenar y, no por el orden en sí, sino porque dudo seriamente de mis habilidades para saber desenvolverme en el equilibrio.

Da miedo lo desconocido, porque lo desconocido genera curiosidad, la curiosidad deseo y el deseo, sensación de falta. ¿Se puede tener sensación de que te falta algo que apenas conoces? Supongo que  todo depende del planteamiento.

Asusta que las palabras fluyan con excesiva comodidad, que se atropellen unas a otras, como si quisieran demostrar que el silencio que durante tanto tiempo acalló esa locura desordenada es producto de un corazón que cada día se asemeja más a un colador. Un colador por donde se escapan los pensamientos más íntimos que puedes regalarle a otra persona. Y muchos de ellos se han perdido, dejándote de alguna manera huérfano de ti mismo. Da igual el tiempo que pasé porque nunca vas a volver a encontrar esa parte que te hacía tan increíblemente humano.



Y de repente, cuesta demasiado contener la sonrisa y las ganas de seguir con el atasco de palabras. Porque siempre has sabido que, si hay algo que te emociona en esta vida, son los atascos. Porque cuando te atascas la mejor opción siempre es buscar una ruta alternativa, buscar un plan B. Y te pones a prueba. Y por ese nuevo camino, te cruzas con lo más raro que has visto en tu vida.


Lo tienes delante. Y lo observas con una mirada que combina curiosidad y sorpresa, pero bien balanceada. Y esa canción que te estimula los chacras no puede dejar de dar vueltas en tu cabeza mientras sigues mirando detenidamente al frente. Te roba el aire de tu perímetro de seguridad de una manera muy diferente a cualquier otra cosa previamente conocida. Y no tienes muy claro si es la cerveza que resbala por tu garganta o esa diferencia lo que te embriaga. Cerveza. Diferencia.

Das otro trago al vaso, pones orden entre las voces que te gritan agitadas, alegando que una retirada a tiempo es una victoria. Levántate y huye. Pero claro, puede que la diferencia no siempre sea mala. La diferencia te complementa, pero tienes que rodearla y aprender a apreciarla. Y eso no siempre es fácil. Creo que, de alguna manera maquiavélica, lo nuevo es el pegamento que mantiene los fragmentos de tu colador unidos entre sí. Y entonces te quedas sentada y sigues mirando hacia delante, tratando de controlar esa sensación que intenta escapar a través de tu cuello. Y sonríes, ese es tu eterno ''way out''. Sonrisa que habla por sí sola. Y agradeces que sea tan tímida que pase desapercibida. No vaya a ser que se den cuenta de que sientes. No esta bien visto sentir en estos días.

Supongo que vivo con la sensación constante de que todo el tiempo que puedan darme al final resulta demasiado poco. Porque quizás me tiemblan las piernas y me vuelven a quemar las manos al pensar que quiero tener esa vieja angustia que me hacía estar tan viva. Porque me sorprendo al comprobar que se exactamente a que distancia estás gracias a que el ritmo de mi ''colador'' te delata. Eso me asusta. Me asusta muchísimo.

Todo parece confuso cuando ya tienes pactados unos límites con tu pasado para no repetir los errores que te llevaron a perderte. Porque sigues perdido y te da miedo que te encuentren. Quieres que te encuentren pero pides que no lo hagan. La inseguridad vuelve a ser tu principal compañera de viaje.

Que maravillosa es la mundana sensación de poder equivocarse estrepitosamente. Porque como dicen, las decisiones más determinantes de tu vida hay que tomarlas o muy borracho o muy enamorado, pues ya que la vas a fastidiar, que sea a lo grande.

Nadie te dice que esos errores no sean los mismo que te conducen a donde estás ahora. A tu quilombo particular. A tu ruta alternativa. A ese quemazón en las manos que, siendo justos, ya se echaba de menos.

Ahora se que hay que querer y aferrarse para poder dejar ir. Hay que dejar ir para poder abrirse. Hay que abrirse para cubrir los agujeros del colador. Porque solo tenemos un colador en esta vida, y hay que cuidarlo. Y para cuidarlo hay que dejar que se llene, que rebose. Tanto que a veces duela. Porque si duele, es que hay algo que estás haciendo bien.

Y quizás,  aceptar que estamos deseando que peguen nuestros pedazos es el primer paso para recuperar aquello que tal vez dimos por perdido demasiado pronto: la esperanza.


B


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