Se não é dado livremente, não vale a pena ter

Apenas él se alejaba caminando en dirección contraria, viejos lodos invadieron su cabeza. Noviembre había vuelto con fuerza.

Quería escribir, necesitaba desatascar su cerebro con urgencia. Pero a veces las palabras no salen. Cuando se han (mal)gastado ya no fluyen en los momentos importantes. Y este lo era, sin duda lo era. Por fin habían sido capaces de expresarse con veracidad. Por fin se abrió el telón y salió a la luz aquello que con sus actos nunca lograron aclarar. La libertad con la que se expresaban, sin embargo, les hacía tremendamente esclavos. Tenía una manera inescrutable de atraerla hacia él sin a veces quererlo. El tiempo no hacía más que alejarles para que pudieran estar juntos. Timing lo llaman. Y ella no hacía otra cosa que correr en dirección contraria a la suya para encontrárselo siempre de frente, con ese aire despistado y frío que le caracterizaba. Las palabras nunca fueron su patrimonio, de eso no hay duda, y cuando salían lo hacían atropelladamente y en el peor momento. A veces con una soberbia que creaba una brecha entre ambos. Sinceridad lo llamaba él. Pero ella siempre pensó que la sinceridad sin empatía era simplemente crueldad. Y él era cruel. Imagino que por eso se cruzó con ella, para balancear y poder manejarse en un razonable equilibrio. 
Su vida era un caos, tenía tendencia al desorden, y tal vez esa era la faceta que se le hacía tan atractiva de su personalidad. Ese descontrol que nunca se había permitido a sí misma. Loca e intensa la llamaba, pero sin duda era una fuente de energía allá por donde pasaba. Y muchos dirían que, con su dedicación a destiempo le hacía mejor persona. Le ilusionaba mucho hacerle reír, pues su mirada escondía cierta tristeza apática y muchos capítulos que no había compartido con nadie hasta conocerla. Y ella conseguía, no sin bastante dificultad, hacer que sus silencios se atronaran con historias de dolor, fracaso, pero desde su perspectiva algo romántica de la vida, de esperanza. Creía en él y en lo que era capaz de hacer con mucha fuerza. Conocía su potencial incluso mejor que él mismo. Y a su manera disfuncional le quería, ¡vaya si le quería! Quería con inexplicable locura sus sombras y, aunque pocas veces se pasaban a saludar, estaba profundamente enamorada de sus luces. Porque a veces brillaba con intensidad. Y cuando lo hacía sus ojos parecían menos tristes, se llenaban con la luz de ella y aparecía una versión por la que en ese momento valía la pena luchar. Tal vez su dialéctica era algo agresiva, algo bizarra. Se “tenían” desde el atroz encanto que tiene la distancia. Pero las cosas nunca fueron fáciles y supongo que él decidió relegar a un segundo plano aquello en lo que ella creía. El amor, el respeto, el cuidado. Y entonces ella dejó de emocionarse por las carcajadas de él, ahora ausentes. Dejó de cuidarse a sí misma y se sentaba durante horas delante del papel sin poder trazar las letras que tan feliz le hacían antes. Muchos dicen que con su oscuridad él consiguió apagarla, y no parece algo descabellado. Mientras él caminaba, cada vez a paso más agigantado hacia la autodestrucción, las malditas palabras seguían sin salir. No había manera de expresarlo y, aunque sentía que parte de ella se perdía con él y lo encajaba como un fracaso, sabía que se había cansado. Se había cansado de la queja estéril y del amor de contenedor. De la imposición de querer a ratos y fingir que las cosas no duelen. De las carreteras de un sentido. Se había cansado de intentar rescatarle de sí mismo a costa de perderse ella. Estaba agotada de las malas palabras que le regalaba cuando reclamaba un lugar en su mundo. Palabras, si, putas palabras. Esas que ahora ya no le salían. No entendía porqué él era incapaz de comprometerse con una idea, con un momento, con una persona. No sabía porqué había decidido no salvarse. Y es que, por mucho que lo había intentado, no era posible verle como ella quería sin cerrar los ojos y apretar muy fuerte.

Y supongo que esa fue la razón por la que aprendió a soltar y se eligió a si misma. Aprendió a ir en contra de la gente que la apagaba. Y se alejó. Y bueno, convengamos que él dejó que se fuera, que como dijo alguien que la quería mucho, es la peor forma de abandono que existe.

Y llegó el día en el que no hubo más despedidas. Se comprometió con las personas que defendían los valores en los que tanto creía. Compromiso. Respeto. Cuidado. Empatía. Cambio. Ella.

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